
Ánima Signa
Hace algo más de un año y medio tuve la oportunidad de hablar con una persona que me ayudó a comprender el impacto que tienen las imágenes sobre nuestro cerebro.
Tienen más impacto que las palabras.
Si es cierto que las palabras, si están bien organizadas, pueden llevarnos a crear imágenes con nuestra imaginación, pero se ha demostrado que una frase escrita a menudo o leída cada día, va reduciendo su impacto hasta que dejamos de sentir o de imaginar lo que el primer día nos generó.
Lo mismo puede ocurrirte con tu pareja.
La costumbre deja de impactar a tu cerebro y lo va allanando.
Esto mismo que ocurre con las palabras, puede ocurrir - me contaba la mujer- con las imágenes.
Puedes ponerte un cuadro muy impactante en tu dormitorio para verlo cada mañana, pero a las pocas semanas dejarás de sentir su impacto y pasarás cerca de él con una actitud tan plana como la que tienes al abrir tu nevera.
Pero había dos características que podían lograr que la costumbre no ocurriera.
La primera, que la imagen estuviera relacionada con una historia.
Eso hace que cada vez que la ves, tu cerebro la une con un recuerdo y el recuerdo reactiva la emoción.
La segunda, si en lugar de una imagen realista es simbólica, se activa un área más profunda de la mente que te obliga a salir del automatismo e incluso podría trascender el mundo emocional para llegar a impactar a lo que podría llamar, el Alma.
A través del símbolo se puede, por lo tanto, inspirar y elevar la consciencia de valores profundos que la costumbre o la cotidianidad han dejado dormidos o aplanados.
Esta conversación fue la que me motivó a sacar a la luz el proyecto de Ánima Signa.
Uniendo los símbolos a fábulas japonesas, pretende elevar todavía más su acción.
La de hoy relacionada con el amor maduro, consciente y místico:

EL HILO MAGNÉTICO DE LAS GARZAS
En el antiguo Japón, a los pies de las montañas de Hokkaido, vivía un joven agricultor llamado Kenji.
Cada otoño, Kenji observaba el cielo esperando el regreso de las grullas.
Justo en el límite de su arrozal, se alzaba el tronco seco de un viejo pino.
Año tras año, sin fallar un solo día, una grulla esbelta y solitaria descendía del firmamento y se posaba exactamente sobre la madera envejecida.
Kenji, que conocía los secretos de la naturaleza, sabía que aquella ave cruzaba mares y cordilleras guiada por una fuerza invisible en sus ojos, un mapa secreto tallado en su alma que la hacía volver siempre a su hogar.
Al ver su silueta recortada contra la luna, Kenji pensaba: «Si algún día comparto mi vida con alguien, deseo que sea con una persona que tenga la capacidad de la grulla: alguien con una brújula en el pecho que, sin importar lo lejos que lo lleven las tormentas de la vida, sepa siempre cómo regresar a su centro».
A unas cuantas leguas de allí, al otro lado del gran valle de niebla, vivía una joven tejedora de seda llamada Yuki.
En el jardín de su casa, cerca de un estanque de agua clara, descansaba otro tronco centenario. Y del mismo modo, cada temporada, una majestuosa grulla de corona roja aterrizaba sobre él con precisión milimétrica.
Yuki bordaba sus telas imitando el vuelo blanco de aquella ave.
Al contemplar su inquebrantable exactitud, suspiraba en su interior: «Deseo encontrar a un compañero que posea la intuición de esta grulla. Alguien que sepa escuchar las señales del viento y del destino, y cuya fidelidad sea tan firme que siempre encuentre el camino de vuelta a mi lado».
Pasaron los inviernos.
Las dos grullas, que en realidad eran una pareja monógama separada por la distancia durante sus jornadas de alimento diurno, siempre alzaban el vuelo al atardecer para buscarse en los humedales del valle. Sin embargo, Kenji y Yuki aún no se conocían; cada uno custodiaba su propio anhelo en silencio.
Un año, una tormenta de nieve sin precedentes cubrió el valle con un manto blanco tan denso que borró los caminos, las montañas y los ríos.
Los mapas de la tierra desaparecieron bajo el hielo.
Preocupados por sus aves, tanto Kenji como Yuki salieron a sus respectivos patios para comprobar si habían logrado regresar.
Las grullas no estaban en sus troncos.
En su lugar, el macho y la hembra volaban alto, emitiendo un fuerte e idéntico trompeteo metálico que resonaba por todo el valle, desafiando la ventisca.
Guiados no por los ojos, sino por su brújula interior, los dos animales se encontraron en mitad de la tormenta y comenzaron a trazar círculos perfectos en el aire, llamándose mutuamente.
Kenji y Yuki, siguiendo el sonido de los cantos con el oído y el corazón, caminaron hacia el centro del valle, adentrándose en la niebla blanca sin miedo, movidos por una extraña certidumbre.
Cuando la tormenta amainó de golpe, los dos jóvenes se encontraron frente a frente en un claro del bosque. Sobre ellos, las dos grullas descendieron juntas, entrelazando sus cuellos en una danza de reencuentro sobre la nieve.
Kenji miró a Yuki y, al ver la paz en sus ojos, supo que su búsqueda había terminado.
Yuki miró a Kenji y reconoció en él la misma firmeza del ave que observaba cada año.
No hicieron falta muchas palabras; sus brújulas interiores, afinadas durante años de contemplación, vibraron en la misma dirección.
Habían aprendido a leer las señales de la vida.
Desde aquel día, Kenji y Yuki unieron sus caminos. Construyeron una casa en el centro del valle y, al igual que las grullas que volvían cada otoño, crearon una vida guiada por la intuición, la confianza mutua y la capacidad de percibir el rumbo correcto.
Aprendieron que el verdadero amor no es una coincidencia, sino un magnetismo del alma: saber exactamente hacia dónde ir y, sin importar las distancias, regresar siempre al lado del otro.
Para sellar su promesa de amor y el milagro de su brújula interior, Yuki bordó en su mejor kimono el siguiente poema:
Blanco el reencuentro,
la brújula interna:
volver a tu lado.
Nunca te conformes con menos de lo que tu Alma anhela y siente recíproco.
Nunca bajes tu nivel de luz para sentir que encajas para ser amada/o.
Nunca te poses sobre un tronco inferior a nadie.
Nunca esperes a quien no sabe encontrarse.
Siempre, siempre, confía en la dirección de tus latidos. Los tuyos, no los de otros.
Amor Consciente


Las grullas no buscan pareja, reconocen su frecuencia incluso entre la ventisca.
Tú también tienes esa brújula, aunque lleves tiempo sin contemplarla.
Puede que hayas aprendido a posarte en troncos que no eran los tuyos o a esperar en silencio a quien no sabe encontrarse a sí mismo.
La fidelidad de las garzas no supone un esfuerzo, es una dirección interior que conocen de forma innata.
La tuya también la conoces, solo necesitas dejar de acallarla.
© Andrés Tarazona | Ánima Signa | Todos los derechos reservados